La inestabilidad en el mercado energético va a durar. Katrina sólo ha hecho evidente y agudizada su vulnerabilidad. En el último año el precio de referencia del crudo se ha multiplicado por más de dos veces. Desde mayo ha aumentado 20 dólares. Parece que estamos entrando a un periodo de precios de energía altos. Ello nos plantea tres retos.
El primero es el inmediato. ¿Cómo enfrentar un cambio tan importante de un precio clave de la economía? En el caso del gas natural, el precio en el mercado mexicano es móvil, depende del precio en Texas. Ello tiene la virtud de que no se trata de una decisión política y el precio del carburante refleja el valor que tiene en el mercado del cual importamos nuestro creciente faltante. Sin embargo, va a ser muy oneroso para los consumidores y para la industria que utiliza el gas como insumo. Las peticiones de subsidio no han tardado en aparecer.
En el caso de los otros energéticos el problema inmediato recae en las finanzas de las paraestatales que los surten. El precio se fija cada año, en ocasiones con un desliz preanunciado. Por ello, al consumidor mexicano todavía no le ha preocupado la escalada en los precios de las gasolinas. Mientras que en EU el precio promedio de la gasolina se incrementó de 5.4 pesos por litro hace un año a 7.41, en México, para la gasolina más cara, lo hizo de 7.27 a 7.49 pesos. EU es el país desarrollado con los precios de gasolina más bajos, debido a que cobra menos impuestos al consumidor por el bien. Sirva como contraste que en Francia la gasolina más barata cuesta en este momento más de 17 pesos por litro. La propuesta de campaña de AMLO de igualar los precios de gasolina con los del extranjero hoy por hoy ya implicaría aumentarlos.
Otro reto tiene que ver con la forma de enfrentar la entrada adicional de recursos a las arcas públicas. Aun con subsidios a los consumidores de combustibles, el fisco es ganador neto. En el presupuesto recién presentado para el año entrante hay un esfuerzo por ser prudentes y buscar un superávit, lo cual tiene sentido.
México inició con el TLCAN un modelo de crecimiento basado en la capacidad de exportación de nuestra economía. México está dentro de los principales exportadores del mundo y en el 2000 logramos crecer 7%. El crecimiento estuvo apoyado en cuatro elementos: el dinamismo de la economía de EU; la entrada privilegiada de los productos mexicanos al mercado de nuestro vecino, sobre todo por las restricciones comerciales enfrentadas por los productos chinos; las reformas iniciadas en 1986 que incrementaron la competitividad de nuestra economía y, un tipo de cambio subvaluado derivado de las devaluaciones de 1994 y 95.
